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Elizabeth Short, La Dalia negra

Elizabeth Short, la Dalia negra

Elizabeth Short, la Dalia negra

El crimen de la Dalia Negra es uno de los asesinatos más famosos del siglo XX, al menos en Estados Unidos. En una ciudad que facturaba films de cine negro como rosquillas, la muerte de esta joven de 22 años se convirtió de la noche a la mañana en el caso a seguir por los más importantes periodistas. La sociedad americana se volcó en él como si de un folletín se tratase, con sus dosis de intriga y horror. La brutalidad del crimen, las oscuras pistas que seguía la policía, los numerosos sospechosos y el carácter de la víctima, una joven que había ido a Hollywood con sus sueños bajo el brazo, encendieron poderosamente las imaginaciones y los miedos del pueblo, y durante dos meses no se habló de otra cosa en Los Ángeles. A día de hoy, la identidad del asesino de la Dalia sigue siendo un misterio. Pero, ¿quién hay detrás de ese poético apodo?
El crimen de la Dalia Negra es uno de los asesinatos más famosos del siglo XX, al menos en Estados Unidos. En una ciudad que facturaba films de cine negro como rosquillas, la muerte de esta joven de 22 años se convirtió de la noche a la mañana en el caso a seguir por los más importantes periodistas. La sociedad americana se volcó en él como si de un folletín se tratase, con sus dosis de intriga y horror. La brutalidad del crimen, las oscuras pistas que seguía la policía, los numerosos sospechosos y el carácter de la víctima, una joven que había ido a Hollywood con sus sueños bajo el brazo, encendieron poderosamente las imaginaciones y los miedos del pueblo, y durante dos meses no se habló de otra cosa en Los Ángeles. A día de hoy, la identidad del asesino de la Dalia sigue siendo un misterio. Pero, ¿quién hay detrás de ese poético apodo?.

Beth
Bautizada como Elizabeth Short, nuestra Dalia nació en un pueblecito de Massachussets el 29 de Julio de 1924. Sus padres se llamaban Phoebe y Cleo Short, y llevaban un modesto negocio de minigolf que quebró, como tantos otros, con el crack de la bolsa del 29. Las cosas no fueron idílicas en el hogar de los Short, y todavía se volvieron más crudas cuando, al año siguiente, Cleo abandonó a su familia de la manera más teatral posible: fingiendo su propia muerte. Aunque un tiempo después escribió a su familia desde California disculpándose, la madre de Beth nunca le perdonó ni quiso saber nada de él.

La infancia de Beth estuvo marcada por este abandono, pero también por la enfermedad, ya que padecía de asma y problemas pulmonares. Los gélidos inviernos de su pueblo natal eran tan perjudiciales para ella que a los 16 años su madre comenzó a mandarla durante las estaciones frías a casa de unos amigos en Florida. Y fue precisamente en Miami donde consiguió su primer empleo, de camarera en un restaurante. Los años iban pasando, y Beth se iba convirtiendo en una hermosa y esbelta mujer que causaba admiración allá donde iba. Sabedora de ello, Beth hacía cuanto estaba en su mano para explotar su imagen, tiñéndose el pelo de negro azabache y luciendo vestidos ajustados. Fue en esa época cuando empezó a considerar seriamente el dedicarse a ser modelo o actriz, un sueño que tenía desde niña, cuando pasaba las veladas vespertinas viendo películas con su madre.

En 1943 Beth se mudó a vivir una temporada con su padre en Vallejo, California. La idílica reconciliación que ocurriría en una película no sucedió en este caso. Cleo esperaba que Beth fuese poco más que su criada, y Beth tenía muy claro que era un espíritu libre. A las tres semanas Beth se marchó a Santa Barbara, donde consiguió trabajo en la base militar de Camp Cooke. No duró mucho, ya que poco después fue detenida por beber siendo menor de edad (contaba 19 años por entonces) y mandada de vuelta a Massachussets. Al arrestarla le tomaron las huellas, claro, y fue gracias a esto que su cuerpo pudo ser identificado años después.

Los siguientes años de su vida fueron un constante ir y volver entre su pueblo natal y Florida, aceptando todo tipo de trabajos que enseguida abandonaba para mudarse a otro lugar. Se hizo una habitual de los clubs, las pistas de baile y los garitos de moda de media costa este, alternando tanto de hombre como lo hacía de vivienda. Esto es, hasta la Nochevieja de 1944, cuando conoció y se enamoró perdidamente del mayor Matthew M. Gordon Jr. Al poco ya estaban prometidos, y se habrían casado cuando el militar hubiese vuelto de Filipinas, lugar al que estaba destinado. Pero la tragedia que perseguía a Beth quiso que Matt muriese en un accidente de aviación durante una misión, el 10 de Agosto de 1945, pocos días antes de que el conflicto terminase.

La muerte de Matt sumió a Beth en una depresión de la que intentó salir de la única forma que conocía: se marchó a California a buscar el consuelo de una botella y un ex-novio también militar, el teniente Gordon Fickling. Su tempestuosa relación no fructificó, debido a los constantes flirteos de Beth con otros hombres, y Flicking se mudó a Carolina del Norte, desde donde se siguió carteando con Beth. La joven se vio así abandonada a su suerte, incapaz de mantener un empleo fijo ni de vivir en el mismo sitio durante mucho tiempo. El poco dinero que conseguía ahorrar prefería gastarlo en ropa nueva y elegante que en comida o alquiler. Prueba de su precariedad es el pésimo estado de su dentadura, que incluso lucía empastes caseros hechos con cera, tal y como averiguó el forense tras su muerte.

Sin ningún amigo íntimo a quien recurrir, Beth se acostumbró a frecuentar cada noche los bares de Los Ángeles en busca de un nuevo pretendiente (preferiblemente militar) con el cual ahogar las penas de su fracaso sentimental y artístico. Los hombres le pagaban las copas, la cena, le compraban regalos caros e incluso le proporcionaban dinero en metálico, y ella nunca decía que no. Su gran esperanza era conocer a un hombre rico que pudiese ayudarla a dar el salto a las películas, que la convirtiese en una estrella, que terminase con sus problemas.

El 8 de Enero de 1947, Flicking recibió una carta de Beth donde le confesaba su proyecto de mudarse a Chicago para ser modelo.

Elizabeth Short, la Dalia negra

Elizabeth Short, la Dalia negra

Esa noche Beth durmió en un motel con un ligue casual llamado Robert ‘Red’ Manley, un vendedor de 25 años que la recogió en su coche en una esquina de San Diego, donde la chica andaba deambulando buscando un lugar donde pasar la noche. No tuvieron sexo. Al día siguiente Red la llevó a la estación de autobús, donde dejó su equipaje. Según ella, iba a viajar a Berkeley para quedarse con su hermana, con la cual debía reunirse en el lujoso Hotel Biltmore.

A las 18:30, Red la dejó en el vestíbulo del hotel y se marchó a su casa, donde le esperaba su familia. Esa noche, a las 22:00, el rece

pcionista la vio salir del hotel. Nadie más la volvió a ver con vida.

El maniquí roto

El 15 de ese mismo mes a las 10:40, la policía recibió una llamada anónima de una mujer diciendo que había visto a una persona en un solar abandonado de Leimert Park, un barrio del sur de Los Ángeles, que podía necesitar ayuda. La mujer fue identificada más tarde como Betty Bersinger (dcha.), vecina de la zona. En entrevistas posteriores, Betty afirmó que al principio pensó que sólo era un maniquí roto. Poco después de las 11, los agentes Frank Perkins y Wayne Fitzgerald llegaron al lugar señalado y no se encontraron con un maniquí, sino con un espectáculo dantesco.

El cuerpo de Elizabeth Short yacía en el suelo, horriblemente mutilado.

Elizabeth Short, la Dalia negra

Elizabeth Short, la Dalia negra

Su cuerpo había sido partido en dos por la cintura, dejando ambas partes a medio metro de distancia, con las piernas abiertas y los brazos posición de alto. Sus intestinos habían sido colocados de forma ordenada dentro de la pelvis, que se encontraba expuesta a la intemperie, y su estómago estaba lleno de heces. Había marcas de cuerdas en sus muñecas y tobillos, indicando que había sido atada durante al menos 72 horas, con toda probabilidad para torturarla: múltiples laceraciones, golpes y quemaduras aparecían por todo su cuerpo; el pecho derecho le había sido extirpado; profundos cortes en forma de X adornaban sus miembros y su zona pélvica; una letra ‘B’ había sido grabada en su frente; faltaban además algunos trozos de su cuerpo, cortados con precisión de cirujano, que según la autopsia fueron seccionados antes de morir. Por si esto fuera poco, sus mejillas habían sido sajadas desde la comisura del labio hasta la oreja dejando la mandíbula casi sin sujeción, formando una siniestra sonrisa. Para culminar tan macabra obra, había sido violada post-mortem, desangrada, y habían introducido hierba y el trozo de rodilla que le faltaba en su vagina. El forense dictaminó que la causa de la muerte fue hemorragia cerebral debida a múltiples fracturas de cráneo, producidas por un objeto romo y contundente.

Ni una gota de sangre adornaba el cadáver ni la hierba a su alrededor, prueba de que había sido cuidadosamente lavado antes de ser transportado desde el lugar de su muerte hasta el solar. Esto dificultó la toma de huellas, ya que sus dedos estaban arrugados por el agua. Decenas de agentes del FBI comenzaron entonces la titánica labor de comparar las huellas con las de sus archivos, que contaban por esa fecha con 104 millones de registros. Pronto identificaron a la víctima.

Por entonces la prensa estaba más metida en la labor policial: en las escenas de los crímenes no se utilizaba ningún precinto para alejar a curiosos (prueba de ello son las numerosas fotos del cuerpo que existen), los periodistas asistían regularmente a las autopsias, y la información era compartida abiertamente con ellos, salvo algún detalle significativo para poder separar las confesiones falsas de las verdaderas. Por eso cuando los periódicos recibieron las imágenes de Elizabeth Short en vida y vieron su belleza, juventud y candidez, se lanzaron como hienas sobre el caso convirtiéndolo en la historia del año.

Fue precisamente un periodista el que inventó el apodo con el que Beth pasaría a la historia: la Dalia Negra, en honor al film de moda en esos momentos (La Dalia Azul, con Veronica Lake) y a la pasión de Beth por la ropa de color azabache. Fue entonces cuando la mujer dejó paso al mito.

UN OLOR A GASOLINA

Con la prensa detrás, el crimen pronto se convirtió en la prioridad del Departamento de Policía de Los Ángeles. Pero como ocurre con todos los casos de gran notoriedad, la cantidad de pistas falsas supera con creces la de de pistas válidas.

Así, los agentes se vieron obligados a atender miles de llamadas de gente que daba pistas de dudosa fiabilidad o que confesaba haber matado a la Dalia, aunque a la hora de la verdad apenas supiesen lo que había salido en los periódicos. A veces se trataba de enfermos mentales, otras veces bromistas o gente con ansias de notoriedad, otras simplemente vagabundos con recuerdos nublados por el alcohol. También había gente que delataba a algún conocido, lo cual obligaba a la policía a investigar con mayor exhaustividad la pista facilitada. Lamentablemente la delación solía ser producto de alguna rencilla personal, y de las subsiguientes ansias de venganza del confidente. Algunas veces tenía más peso (una mancha de sangre descubierta en la ropa, una ausencia inexplicada), pero invariablemente acababa en un callejón sin salida. Tampoco se libraron de personajillos tales como videntes o pseudo-científicos con métodos “infalibles” para resolver el caso (uno de ellos solicitó un ojo de la víctima para captar una fotografía de la última imagen que vio en vida, supuestamente la de su asesino). Ni que decir tiene que ninguno aportó nada al caso.

Con la mayoría de los recursos policiales involucrados en descartar pistas falsas, la labor de investigación real avanzaba lenta y laboriosamente. Más de 40 agentes se dedicaron a rastrear el vecindario donde fue encontrado el cuerpo en busca de testigos, sospechosos o alguna pista incriminatoria. Sin resultados. Las pistas forenses tampoco parecían conducir a ningún sitio claro: no existían por entonces los complicados y eficaces procesos criminalísticos de hoy en día para aprovechar las pruebas diseminadas por el cadáver. Tampoco el hallazgo días después del bolso y los zapatos de Beth en un cubo de basura a kilómetros de la escena del crimen arrojó ninguna luz al suceso, debido a lo poco que sugerían dichos objetos.

Una línea de investigación cubrió la posible relación del asesinato de la Dalia con otros crímenes. Cada asesinato surgido en los años posteriores fue examinado cuidadosamente para encontrar cualquier relación con el caso, sin resultado. Como tampoco dio ninguno la comparación con casos pasados. El más notable de ellos, por su parecido con el de la Dalia, fue el de los crímenes del Torso, acaecidos en Cleveland entre 1934 y 1938. A día de hoy tampoco se han resuelto dichos asesinatos, pero la policía descartó que estuviesen relacionados con el presente caso pese a que en él las víctimas también fueron cortadas por la mitad por su cintura (aunque también eran frecuentemente decapitadas y/o desmembradas).

La mejor pista llegó el 24 de Enero. Ese día el periódico Examiner recibió un sobre sin remitente con las pertenencias personales de la Dalia, incluidas fotos y una agenda con 75 nombres a la que le faltaban varias páginas. Tanto el sobre como su contenido estaban impregnados de gasolina, método rústico donde los haya para borrar huellas dactilares. En el sobre aparecía la leyenda “Aquí están las pertenencias de la Dalia, les seguirá una carta”, escrita con trozos de periódico recortados. Nada del sobre proporcionó pistas fiables. Todos los nombres de la agenda fueron comprobados con pobres resultados, ya que todos coincidían básicamente en la misma historia: conocieron a Beth en un bar o en la calle, la invitaron a unas copas y cuando supieron que no estaba interesada en acostarse con ellos se fueron y no la volvieron a ver. Como prometía el sobre, la siguiente carta llegó, y en ella el presunto asesino decía que se entregaría en una fecha y lugar determinados. El día señalado se recibió otro anónimo similar diciendo que había cambiado de opinión, y que nunca le cogerían. Se llegó a otro punto muerto.

22 Negritos

Muchos fueron los sospechosos que se investigaron. Los primeros nombres en salir a la palestra fueron Cleo Short y Robert “Red” Manley, el último hombre que la vio con vida. El padre de Beth vivía apenas a 5 kilómetros de la escena del crimen, pero se averiguó que llevaba 4 años sin verla y sin intención alguna de volver a hacerlo. Incluso rehusó identificar el cadáver, teniendo que viajar su madre miles de kilómetros para tal labor. Al descartar a Cleo, ‘Red’ Manley se convirtió en el sospechoso nº1. Pero pese a su carácter violento y sus antecedentes psiquiátricos, Manley fue exonerado. No sólo tenía una sólida coartada, sino que pasó dos veces la prueba del polígrafo y, años después, incluso pasaría la del pentotal sódico (el famoso ‘suero de la verdad’).

Las sucesivas investigaciones en el entorno de Beth fueron demostrando su errática vida y la carencia de amigos íntimos, por lo que se empezó a barajar la posibilidad de que el asesino de la Dalia fuese un ligue casual. Otra teoría que se manejó, dada la precisión de las heridas infligidas en el cadáver, fue la de que el asesino era cirujano o tenía conocimientos de la rama quirúrgica. Tampoco se descartó que fuese una mujer la responsable, y que la sección por la mitad fuese sólo a efectos prácticos (para facilitar el transporte al tener menos fuerza que un hombre). Esto condujo a una lista cada vez mayor de sospechosos en aparecer a lo largo de la investigación. Estos son algunos de los nombres más destacados:

- Mark Hansen: propietario de un club nocturno de Los Ángeles. Conocía a Beth, e incluso la hospedó en su casa en varias ocasiones. Sin historial criminal o de violencia. La agenda encontrada en el sobre era suya, aunque dijo que nunca la había utilizado, era Beth quien lo hacía. Fue una de las últimas personas en hablar con ella, aunque sus informes sobre el contenido de la conversación eran contradictorios. Al parecer intentó acostarse con Beth infructuosamente. Entre sus amigos se contaban varios médicos y, según algunos rumores, la mafia. Nunca se le descartó del todo, aunque nunca se encontraron suficientes pruebas en su contra.

- Dr. Patrick S. O’Reilly: amigo de Mark Hansen, conoció a Beth a través de él. Habitual en fiestas y orgías de las playas de Malibú. Amplio historial de violencia ligada al sexo, ingresado en prisión por secuestrar a su secretaria y golpearla hasta dejarla medio muerta para acostarse con ella. Su pecho derecho había sido extirpado quirúrgicamente, de modo similar a las heridas de Beth. No se encontraron pruebas concluyentes en su contra. Habría que añadir que estuvo casado con la hija de un capitán de policía.

- Carl Balsiger: su nombre aparecía en un papel que venía en el famoso sobre. Historial de violencia ligada a actos sexuales. Algunos informes sugerían que Balsiger había conocido a Beth en Camp Cooke, donde había sufrido un consejo de guerra por su culpa, con el resultado de que fue enviado al extranjero. No se encontraron pruebas consistentes de que este hecho fuera verídico o de que Balsiger fuese dicho soldado. Lo que sí se sabe es que la conocía y había quedado con Beth en repetidas ocasiones a lo largo de los años, la última el 8 de diciembre de 1946. Su hermano Claude Welsh fue juzgado y absuelto por un asesinato similar al de la Dalia en su pueblo natal, y también fue sospechoso con idéntico resultado: pruebas demasiado vagas y circunstanciales para llegar a alguna parte.

- Dr. George Hodel: médico de familia con un largo historial de conductas sexuales cuestionables, acusado en 1949 de abuso de menores por su hija de 14 años. Esto hizo que se investigase su posible relación con el caso de la Dalia. Aunque una testigo dijo haber vivido con el sospechoso en el Hotel Biltmore, y allí haber visto a Hodel con Beth repetidas ocasiones, no se pudo encontrar a nadie que confirmara dicha historia ni que siquiera le situase en posición de conocerla.

- Marvin Margolis: soldado licenciado de la Marina por inestabilidad mental, debida principalmente a su obsesión insana de ser destinado al servicio de cirugía, para el cual había estudiado un curso. Vivió con Beth, su amigo Bill Robinson y la amiga de ella Marjorie Graham en un piso compartido en octubre de 1946 (Beth dormía en el sofá y los otros tres en la cama). Daba el perfil psicológico, pero no había ninguna otra prueba en su contra.

Estos son sólo algunos de los sospechosos, pero hay de todo: desde camareros hasta recepcionistas, desde bisexuales hasta criminales conocidos. Varios llegaron a ser encarcelados, pero a ninguno se pudo procesar por la falta de pruebas. Hubo también sospechosos que se demostró sin ningún tipo de duda que eran inocentes, como el caso de Leslie Dillon. Dillon comenzó a cartearse con un psiquiatra de la policía para atraer su atención hacia un posible sospechoso del caso, Jeff Connors, con tal mala suerte que el médico creyó que Connors era otra personalidad suya y fue sometido a un despiadado interrogatorio. Posteriormente se demostró que era una persona real, y que ninguno de los dos pudo cometer el crimen, por lo que Dillon acabó demandando al LAPD y se abrió una investigación interna.

En los 60 años que han transcurrido desde entonces, pocas pistas han surgido que permitan esclarecer el crimen. Aunque el caso sigue abierto, la posibilidad de capturar al culpable (en el dudoso caso de que siga vivo) es cada vez más nimia. Pese a ello, periódicamente aparecen libros de periodistas o familiares de gente remotamente relacionada con el caso (sea con sospechosos, policías o con la propia Beth) clamando haber resuelto el asesinato. Los hay que utilizan la criptografía, los hay que se basan en fotos del álbum familiar, o incluso en recuerdos borrosos. Los presuntos culpables varían desde gente que ya estuvo en la lista de los 22 hasta nombres tan alocados como los del mafioso Bugsy Siegel o el director de cine Orson Welles. Por supuesto, pocas de estas teorías se pueden demostrar, y casi todas son meras especulaciones peregrinas con ansias de explotar un filón tan arraigado en el subconsciente americano que se ha transformado en un auténtico mito, un icono capaz de inspirar a artistas tan dispares como David Lynch (Carretera Perdida), Ulu Grosbard (Confesiones Verdaderas) o Fritz Lang (La Gardenia Azul).

Una flor marchita

¿Por qué tal obsesión por la Dalia? ¿Por qué escritores como James Ellroy han vivido a su sombra, obsesionados con su historia? ¿Por qué atrajo tanto la atención de los medios y los detectives encargados del caso? La respuesta no hay que encontrarla en las singularidades del caso, sino en sus estereotipos. Como postulaba Jung, hay una serie de factores universales con los que el hombre se siente familiarizado, que componen la columna vertebral de nuestra existencia y a partir de los cuales se crean los mitos. La Dalia Negra posee esta cualidad.

La vida de Beth fue la de una chica cualquiera que sólo desea cumplir sus sueños. De una chica que a pesar de ser abandonada o maltratada por todos aquellos a los que intentaba amar (su padre, su prometido), siempre intentó ser querida. Buscaba constantemente compañía, sin querer involucrarse emocionalmente con ellos ni sacrificar su cuerpo por temor a una nueva decepción que fuese incapaz de superar, pero intentando encontrar ese amor que le faltaba. Un amor que intentó conseguir mediante el cine, esa fábrica de sueños enlatados que proporciona la seguridad del cariño distante pero incombustible de los admiradores. El cine, que crea mundos ficticios en los que no hay que pensar para desenvolverse, sólo dejarse llevar con la confianza de que las películas siempre acaban bien. Una chica cuyo único anclaje con el mundo real era el cariño de su madre, a la que se sentía incapaz de contar la trágica verdad de su situación por temor a herir a la única persona a la que le importaba. Por temor a que ella también la abandonase.

Pero su mito no sería tal si no hubiese sido por su asesinato. Una muerte que acabó trágicamente con sus sueños y sus ilusiones, de forma tan repentina, cruel y aleatoria que no podemos menos que sentirnos horrorizados ante la perspectiva de que cualquiera de nosotros podría sufrir un destino igual. ¿Qué sentido tiene su muerte? ¿Qué sentido tiene el ensañamiento brutal que el asesino ejerció sobre una chica tan indefensa e inofensiva? ¿Cómo es posible que haya alguien capaz de realizar actos tan salvajes y despiadados, alguien que sin embargo vive entre nosotros como una persona aparentemente normal?

Puede que sea sólo el destino o el azar, que hizo que Elizabeth Short pasase por la calle equivocada en el momento equivocado. Puede que fuese la vida que había llevado, que le condujo a conocer a una persona que nunca debió haber conocido. En cualquier caso, el crimen de la Dalia nos recuerda lo frágiles que son nuestras vidas, cómo dependen sobremanera de factores que nunca podremos controlar y que pueden arrebatarnos de un plumazo (o quizá de forma más lenta y agónica, como si necesitásemos sentir el infierno en nuestras carnes antes de entrar en él) nuestros objetos más preciados, nuestros seres más queridos, nuestros sueños, o simplemente nuestra propia vida.

Autor: José Hernández