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Javed Iqbal, el infanticida de Pakistan

Javed Iqbal, el infanticida de Pakistan

Javed Iqbal, el infanticida de Pakistan

Es fin de año de 1998: el director del periódico pakistanó The News está por cerrar la edición cuando ve entrar a su editor general. Lleva en las manos una carta enviada por un hombre que confesaba haber estrangulado a un centenar de adolescentes y niños. La primera reacción de ambos fue de incredulidad. Pero consultando la fuente policial de la ciudad de Lahore, la capital del país, se percataron de una serie de denuncias interpuestas por padres desesperados que no habían vuelto a ver a sus hijos. Sin embargo, sólo estaban abiertas alrededor de 20 investigaciones, y no los cien casos que se adjudicaba el hombre de la carta, un tal Javed Iqbal.

Los periodistas decidieron telefonerar a las autoridades, a quienes leyeron en voz alta el contenido del documento: “Los tontos policías no saben ni quién soy, pasan enfrente de mí y no me detienen; ni se imaginan que yo maté a los niños que andan buscando; tengo las manos llenas de sangre, pero no las ven”. Enseguida narraba con lujo de detalles cómo solía cortar en pedazos a sus pequeñas víctimas, para después sumergir los restos en ácido y desaparecer así cualquier huella de los cadáveres.

El director no paró las rotativas. Al día siguiente, la noticia no apareció en el periódico, y por la tarde otra carta llegó a la redacción. Esta vez, el adolescente Sajid Ahmad, portador del mensaje, fue retenido e investigado. La nueva epístola contenía un reclamo por no haber dado a conocer en el rotativo “sus hazañas”, según decía el asesino. Sajhid fue interrogado: confesó que él había sido partícipe en las atrocidades narradas en la primera carta de Javed, un ingeniero químico de 42 años, que gozaba de buena reputación en el tranquilo barrio donde habitaba desde su juventud.

De inmediato una decena de policías fueron conducidos al sitio, donde fue aprehendido el asesino, junto con Mahmad Sabir, de trece años, también cómplice de Javed. Al registrar el sitio, encontraron más de cien fotografías de niños desnudos, además de partes de los cuerpos, sangre y ropa de las víctimas. Con tales prendas pudo identificarse los desaparecidos, cuya cifra efectivamente se elevó a casi 105 niños. Se pudo establecer que la mayoría de ellos procedían de familias muy pobres; inclusive, algunos de ellos eran hijos de indigentes, que no habían hecho la denuncia pensando que los menores se encontraban vagando o mendigando por alguna otra ciudad del país.

Días más tarde, un sujeto de pelo escaso, tez morena y amplio bigote fue presentado ante el Tribunal; afuera, una turba gritaba: “ojo por ojo, diente por diente”, mientras se desahogaban las pruebas de la culpabilidad de Javed, quien inexplicablemente ahora negaba todos los cargos.

Pero los testimonios de sus cómplices lo hundieron. Apelando a la misericordia del Tribunal, narraron la forma en que el ingeniero químico violaba y torturaba a sus víctimas sin ningún rasgo de piedad. Se presentaron además varias decenas de testigos. De manera que el juez no tuvo dudas a la hora de en sentenciarlo con la “Shaharia”, que en la legislación islámica es el equivalente a la ley del talión.

“Morirá estrangulado delante de los padres de los niños a los que usted ha matado, y su cuerpo será cortado en cien pedazos, que serán depositados en ácido, como usted hizo con los niños”, fueron las palabras del juez.

Esta sentencia fue duramente criticada por grupos de derechos humanos de Pakistán, inclusive por el Concilio de Ideales Islámicos, pero la Corte de Lahore no dio un paso atrás. Sin embargo, dicha sentencia no se llevó a cabo, porque la mañana del 8 de octubre de 2001, autoridades de la prisión de Kot Lakhapat informaron que Javed y su cómplice Sajhid se habían ahorcado en las celdas con sus propias sábanas. Mahmad, el tercer cómplice, aun continúa purgando una sentencia de 63 años. La forma en que terminó el mayor infanticida en la historia independiente de Pakistán fue cuestionada, pero no por ninguna situación sospechosa, sino porque los padres de las víctimas deseaban presenciar cómo se cumplía el veredicto dictado al autor de la muerte de sus hijos.